El espejismo de la jubilación
Hace unos días escuché a alguien decir:
«Solo me quedan ocho años para jubilarme».
Lo dijo con el mismo brillo en los ojos con que un niño cuenta los días que faltan para las vacaciones. Y lo entendí. Todos, en algún momento, hemos soñado con ese día en que, al fin, podamos vivir sin la obligación de pasar ocho o diez horas trabajando, cinco o seis días a la semana. Pero esa frase me dejó pensando: ¿en qué momento decidimos que la vida empieza cuando dejamos de trabajar?
Nos han vendido la jubilación como una meta luminosa, una tierra prometida al final del esfuerzo. Un tiempo para ser libres, descansar, disfrutar… Pero, ¿de qué sirve llegar al descanso si hemos pasado más de la mitad de nuestra vida soñando con escapar de ella?
El problema no es trabajar. Lo que nos agota no es el esfuerzo, sino la obligación. No pesa el madrugar, pesa el sentir que uno no elige. Lo que duele no es la rutina, sino el vacío que hay detrás de cada «porque toca».
Trabajar, casarse, tener hijos, comprar una casa, ahorrar, jubilarte… Hay una especie de guion invisible que seguimos con tanta fe que, a veces, ni siquiera recordamos si queríamos ser los protagonistas.
Pero, ¿y si el secreto no estuviera en jubilarse, sino en vivir sin cadenas mucho antes?
¿Y si el plan de pensiones más sensato fuera invertir en libertad, en propósito, en vocación?
Tal vez la verdadera jubilación llega cuando dejamos de obedecer al «deber ser» y empezamos a obedecernos a nosotros mismos.
Conclusión
Así que no, no esperes a jubilarte para empezar a ser feliz. No pongas tu vida en pausa hasta la fecha de retiro. La felicidad no está al final del camino, está en caminar por elección.
Haz las cosas porque las eliges, no porque tocan.
Y cuando llegue la jubilación, si llega, ojalá no sea el fin de tu vida laboral, sino la celebración de una vida bien vivida.


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