Siempre he sido una persona que vive las cosas de forma muy intensa. Me pasa con todo: con la música, con las personas, con las emociones… y, por supuesto, con las ideas. Me vienen prácticamente a diario. Antes me abrumaban, pero con el tiempo he aprendido a administrarlas, a dejar reposar las que no me sirven y a apuntar las que considero esenciales. Poco a poco he ido separando qué podría ser una novela y qué podría ser otra. Supongo que la experiencia te enseña a no correr tanto, a escuchar más lo que cada historia te quiere contar. Y, sinceramente, noto que cada vez controlo mejor ese caos maravilloso que es tener la cabeza llena de mundos por escribir.

Las ideas me llegan de todas partes. A veces mientras conduzco, otras cuando estoy tomando una cerveza, o incluso en sueños. Me pasa mucho eso de despertarme con una frase o una escena y tener que escribirla antes de que se escape. Es como si mi cabeza siguiera trabajando mientras duermo, y yo solo fuera el encargado de recoger los mensajes al despertar.

Por ejemplo, mi novela El Pendiente de Fuego, que espero publicar el año que viene, nació hace más de quince años. En varias ocasiones creí tenerla terminada —tres, para ser exactos—, pero me equivocaba. Era impaciente, me dejaba llevar por los impulsos sin una base sólida, sin entender del todo lo que una buena novela necesita. Con el tiempo he aprendido a no confundir el entusiasmo con la madurez de una historia. He tardado muchos años en confeccionarla, pero ahora sí, creo de verdad que está preparada para ver la luz.

En cambio, Tres vidas para morir nació hace apenas un par de años. Surgió de algo muy concreto: no entender cómo hay personas que no sienten empatía hacia los animales. Esa incapacidad de conectar con ellos me desconcertaba tanto que pensé: “tengo que escribir sobre esto, aunque sea para entenderlo yo mismo”. Y así empezó todo. A medida que fui construyendo la historia, me di cuenta de que lo que tenía entre manos no era solo una reflexión sobre los animales, sino también sobre la familia, la culpa, la vida, la muerte… y sobre lo difícil que es reconciliarte contigo mismo. Esa sensación de estar tocando algo profundo me empujó a pulirla, a darle forma hasta convertirla en lo que es hoy.

Y claro, también tengo mis momentos de locura creativa. De repente voy caminando, y me digo a mí mismo:

“Oye, espera… ¿y si no se trata de crear mundos nuevos, sino de entender mejor el que ya tenemos?”
Y ahí estoy, parado en mitad de la calle, riéndome solo, mientras anoto la idea en el móvil antes de que se evapore.

Conclusión

Escribir, para mí, es eso: una conversación constante conmigo mismo. Un diálogo entre lo que soy y lo que aún no entiendo. Y mientras las ideas sigan viniendo —aunque sea en los momentos más insospechados—, seguiré escribiendo, porque no hay nada que me haga sentir más vivo que eso.

 


Una respuesta a «¿Cómo nacen las ideas para una novela?»

  1. Avatar de Mili

    Como un libro abierto, mejor no lo has podido explicar, esos comienzos, los sueños , las risas, hasta de los momentos complicados, porque no, todo sirve para ir puliendo una idea y dejar huella en esa historia hasta verla terminada, y lo más impactante, hasta donde has llegado y lo que aún nos queda por disfrutar de tus historias

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *